LA EDUCACIÓN EN VALORES A TRAVÉS DEL DEPORTE
 

EDUCATION IN VALUES THROUGH SPORTS
 
Autores: Lic. Esteban Juan Pérez- Hernández.  Profesor Asistente                   
               Lic. Inés del Carmen Pérez- Irons. Profesora Asistente

Facultad de Cultura Física Holguín
 
RESUMEN  
El siguiente artículo aborda los aspectos conceptuales de la Educación en Valores y su concreción a través del deporte. Para ello se utilizó la discusión epistemológica como método para el acercamiento a lo fenomenológico del tema: Educación en Valores a través del deporte. Se realizó un breve repaso teórico sobre las definiciones de varios autores sobre la Educación en valores y del papel del docente vinculado al deporte en la misma. Además se ofrece una serie de recomendaciones  abiertas a la crítica y el debate y, es que, tal como se refleja en el artículo la subjetividad de los valores radica en la manera que refleja positivamente la realidad concreta en constante trasformación por la práctica.  
Palabras clave. Educación en valores, Deporte, Valores intrínseco, Valores extrínsecos

ABSTRACT  
This paper takes into account the conceptual aspects about the Education in values and its concretion through sports. The epistemological discussion as method was used to get nearer the phenomenological aspect of the theme: Education in values through sports. A brief theoretical review about definitions of different authors about the Education in Values and the role of professors associated to sports. A serie of recommendations opened to critics and debates are also in the paper. In the article the subjunctive, way of the values is reflected by the positive manner the reality is constantly transformed by the practice.  
Key words. Education in values, Sports, Intrinsic values, Extrinsic values.
 
INTRODUCCIÓN  
"el hombre, si no quiere dejar de ser hombre, debe alimentar
valores, recuperar los perdidos o avizorar otros nuevos, debe
buscar en los mismos hábitos de la sociedad cuanto de
aprovechable y valorizador pueda sacar de ellos".

                      Cagigal, ¡Oh deporte! (Anatomía de un gigante)  

De los valores se viene hablando por parte de diferentes especialistas, desde hace tiempo, con disímiles puntos de vista y enfoques, lo cual resulta lógico, pues constituye un tema muy complejo que puede ser abordado desde diferentes enfoques y desde los diferentes campos del saber que integran, por ejemplo, las Ciencias de la Educación: la Psicología, la Pedagogía, la Filosofía, la Sociología y la Historia, entre otras.

Pero al hablar de educación en valores, además de una redundancia puede darse también un cierto equívoco sobre lo que se entiende por valores. ¿Es lo mismo la educación en valores, que la educación moral?, ¿hay otros valores además de los morales?, ¿puede convertirse la educación en valores en adoctrinamiento? Todas estas cuestiones obligan a definir con más precisión esos valores sobre los que se pretende educar, tomando partido entre una concepción restringida de los valores que los limite al ámbito moral o una consideración ampliada que incluya otro tipo de valores.

En principio, se debería plantear si el deporte es educativo. ¿Está contraindicado introducirlo en la escuela como un medio para transmitir una serie de valores?  

DESARROLLO  

1.1. ¿Qué es la educación en valores?

¿Qué se entiende por educación en valores? ¿No es redundante hablar de educación en valores? ¿Es posible una educación sin valores? ¿No consiste siempre la propia educación en la transmisión y desarrollo de determinados valores?

Seguramente todas estas preguntas y perplejidades vienen del hecho de que la educación se ha venido considerando tradicionalmente como sinónimo de enseñanza y ésta ha venido a significar la transmisión axiológicamente neutral de saberes también neutrales desde el punto de vista valorativo. Como se ha dicho, la evidencia de que la educación no puede, ni debe, agotarse en la mera enseñanza es, probablemente, lo que ha llevado a reivindicar la necesidad de una educación en valores para rescatar ese valor añadido que la educación ha de tener sobre la mera instrucción.

Muchas veces cuando se habla de valores, especialmente en el contexto educativo, se hace de un modo relativamente intuitivo que tiende a identificarlos con los valores morales. En cierto modo la reciente reivindicación de la educación en valores no deja de estar sustituyendo, desde planteamientos laicos, el papel que tradicionalmente ocupaba la moral religiosa en los espacios educativos. Frente al adoctrinamiento moral en los valores heterónomos prescritos por las normas de las religiones, la idea de educación en valores tendería a propiciar el desarrollo de ciertas actitudes en los niños y jóvenes que faciliten la formación en ellos de un juicio moral.

Sin embargo, la idea de valores sobre los que cabe una elección autónoma y un juicio racional que permita justificar la elección no se reduce al ámbito moral. Los valores sobre los que puede (y debe) darse dicha elección desbordan el ámbito de las decisiones individuales de naturaleza ética. Los ámbitos de la convivencia social y las decisiones colectivas para la organización de dicha convivencia son también lugares en los que existen valores plurales entre los que se ha de elegir en democracia y que requieren una reflexión racional a propósito de las alternativas.

Por tanto, los valores éticos, estéticos y políticos podrían configurar tres dimensiones axiológicas que se deberían desarrollar en un planteamiento de la educación en valores que se pretenda integrador. Esos tres ámbitos valorativos mantienen ciertas relaciones, pero son irreductibles entre sí, por eso conviene considerar el tratamiento educativo equilibrado de cada uno de ellos. Los tres comparten la indeterminación y pluralidad de opciones que caracteriza a lo axiológico, y, asimismo, los tres podrían tener en la idea de felicidad en la vida humana el horizonte que los orienta. Precisamente por ello, esos tres ámbitos valorativos deberían tener una presencia equivalente en ese modo de ayudar al aprendizaje para la vida de los seres humanos que llamamos educación.

Otro aspecto que debe dilucidarse para entender el significado de la educación en valores es si esos valores sobre los que se pretende educar son compartidos o motivo de controversia, así como las distintas consecuencias educativas de cada enfoque. El consenso valorativo suele ser la opción más dominante al hablar de educación en valores.

Según este planteamiento, se trataría de encontrar los mínimos comunes en cuestiones valorativas que pudieran ser compartidos por todos los seres humanos y presentarlos para su aprendizaje escolar.

Los principios de la Declaración de los Derechos Humanos (en relación con lo ético), la defensa de la democracia como forma de convivencia social (por el lado de lo político) o el valor de la biodiversidad natural o las obras de arte (en lo referido a lo estético) podrían ser algunos ejemplos de esos mínimos comunes en cada uno de los tres ámbitos descritos.

Sin embargo, es evidente que ni siquiera esos ejemplos tan obvios son el resultado de consensos universales entre todos los seres humanos. Tales valores (tan básicos, por otra parte) son construcciones hacia las que se tiende, muchas veces frente a quienes no los comparten, más que el resultado de un consenso universal previo.

Así, la educación en valores no puede partir de unos supuestos valores comúnmente aceptados. Y ello por dos razones: en primer lugar, por que no existen tales consensos universales en cuestiones valorativas; en segundo lugar, porque si existieran ya no sería necesaria, por redundante, la acción educativa sobre ellos.

Seguramente la opción de los mínimos valorativos parece la menos discutible y más amable para su tratamiento educativo, pero seguramente esa apuesta por buscar lo compartido por todos puede llevar a que esos consensos, caso de encontrarse, acaben siendo meramente formales. ¿Quién va a estar en contra de la paz, la libertad o la justicia? Todos esos son valores que, resumidos por una palabra y formulados con cierto nivel de abstracción, pueden ser compartidos formalmente por todos. Sin embargo, al concretar sus significados surgen controversias valorativas irreductibles, por lo que educar en el reverencial respeto a aquéllos conceptos abstractos puede acabar siendo tan fácil como memorizar letanías, aunque tan poco eficaz para analizar los conflictos axiológicos concretos como invocar tales letanías.

La disputa racional entre las diversas ideas y el juicio razonado sobre las opciones éticas, políticas o estéticas, es la mejor forma de plantear una verdadera educación en valores que se distancie tanto del adoctrinamiento dogmático como del relativismo radical. Más que buscar unos valores mínimos universales, convendría reivindicar la universalidad de la racionalidad para la necesaria negociación en la toma de decisiones sobre los ineludibles conflictos éticos, estéticos y políticos que afectan a nuestras vidas.

No se trata, por tanto, de invocar ciertos valores metafísicos de carácter universal susceptibles de ser enseñados al lado de los saberes propios de las disciplinas escolares. Muchas veces se ha planteado de este modo la educación en valores y ello ha supuesto que la misma se reduzca a la piadosa invocación del bien común o la justicia universal, invocación que, por lo demás, acaba disolviéndose al llegar a las aulas.

Se trataría, más bien, de reconocer el carácter plural de las dimensiones en las que cabe plantear la educación en valores, destacándose los valores estéticos y políticos al lado de los éticos, con los que tiende a identificarse la idea general de valores, y de aceptar el conflicto como algo inherente a la idea de valores y que, por tanto, no debe eludirse en las aulas, sino, por el contrario, propiciar las disputas valorativas en la justificación racional de cada juicio de valor.

En este sentido, la propia expresión “educación en valores” puede no ser la más adecuada al presuponer el aparente carácter sustantivo de los contenidos axiológicos en los que se pretende educar. Quizá fuera más oportuno hablar de educación para valorar, subrayándose con esta expresión el carácter abierto, dinámico y conflictivo de lo axiológico.

Más que educar en unos valores supuestamente preexistentes y que, por tanto, podrían ser tratados como nuevos contenidos susceptibles de ser enseñados al lado de los conceptos de origen epistémico, se trataría de educar para desarrollar la capacidad de valorar, esto es, para asumir la necesidad de elegir entre opciones abiertas en diversos ámbitos de la vida humana y para desarrollar la autonomía en el juicio sobre los aspectos valorativos sustentada por la justificación racional de cada elección.  

1.2. La educación en valores en el deporte.

Es irrefutable el hecho de que el deporte transmite una serie de valores, ya sean coyunturales o propios de la sociedad en la que está inmersa o, por el contrario, preestablecidos a lo largo de las sociedades precedentes. De hecho, "el deporte refleja los valores culturales básicos del marco cultural en el que se desarrolla y por tanto actúa como ritual cultural o «transmisor de cultura»" (Blanchard y Cheska, 1986:37).

En principio, deberíamos plantearnos si el deporte es educativo. ¿Está contraindicado introducirlo en la escuela como un medio para transmitir una serie de valores? Empecemos por ver qué consideramos educativo.

Según Seirul.lo (1995:62) "lo educativo es lo conformador de la personalidad del alumno", entendido así no sólo en el ámbito psicológico, obviamente, sino como un desarrollo integral del niño. Para Le Boulch (cit. por Seirul.lo, 1995:62) "un deporte es educativo cuando permite el desarrollo de sus aptitudes motrices y psicomotrices, en relación con los aspectos afectivos, cognitivos y sociales de su personalidad".

Es decir, se trata no sólo de una educación por conocimientos (técnica, fundamentos individuales, táctica,...) como tradicionalmente se había venido transmitiendo, sino, además y sobre todo, de una educación en aptitudes que configuren en el ámbito global de la personalidad del niño una serie de valores propios a la actividad que realizan (no coyunturales ni propios a su sociedad) y que le ayuden a formarse como persona, por encima de las creencias, ideas e ideologías en que, sin ningún género de dudas, se pueden ver inmersos. Se trata de coadyuvar a la formación y no únicamente a la información. Y sigue Seirul.lo (1995:62) que lo educativo del deporte es que contenga como referencia valores de autonomía y libertad, entre otros.

Más allá de una educación acrítica y de unos niños condescendientes con la sociedad en la que viven, acólitos de los infundios y creencias a los que no pertenecen "educar es formar el carácter para que se cumpla un proceso de socialización imprescindible, para promover un mundo más civilizado y crítico con los defectos del mundo, comprometiéndose con el proceso moral de las estructuras y actitudes sociales" (Camps cit. por Gutiérrez, 1996:40).

Según Gutiérrez (1996:40), hay que enseñar actitudes al niño para afrontar la vida con mayor libertad y sentido crítico ante la sociedad. También el currículo aboga por una educación integral donde "la educación social y la educación moral constituyen un elemento fundamental del proceso educativo, que ha de permitir a los alumnos actuar con comportamientos responsables dentro de la sociedad actual y del futuro, una sociedad pluralista, en la que las propias creencias, valoraciones y opciones han de convivir con el respeto a las creencias y valores de los demás " (BOC,1993:1914) todo ello con el fin de "vivir e integrarse en la sociedad de forma cívica y creativa" (íbid.:1915). “A este respecto, no sólo se fundamenta en una educación escolar sino también en una interacción y en coherencia con la familia con el objetivo de que los niños entiendan lo que significa colaborar, competir, escuchar, explicar, convencer, etc”. (íbid.:1920). Y todo ello, se piensa, puede canalizarse a través del deporte, siempre y cuando cumpla con una serie de condiciones que no sólo son intrínsecos a la propia actividad sino además inherente a la actitud del profesor y del alumno, así como de otros factores exógenos implicados como los medios de comunicación, entre otros.

En resumen, "la actividad deportiva (...) debe basarse en la ciencia para configurar un tipo de práctica que comprometa íntegramente a la personalidad del deportista"(Seirul.lo, 1995:63). Lo educativo de las prácticas deportivas no es sólo el aprendizaje de las técnicas, táctica, el beneficio que aportan,... sino además que el individuo se configure como persona.  

1.3        Valores intrínsecos a la práctica deportiva

Hay una serie de valores que podrían definirse como intrínsecos a la actividad deportiva por ser aquellos que el sujeto "experimenta" contingentemente a la realización de la misma y porque sólo el deporte los transmite en sí mismo. Según Seirul.lo (1995:64-69) son tres los valores endógenos al deporte: el agonístico, el lúdico y el hedonístico. Mientras que para Acuña (1994:128) estarían la obtención de marca, la victoria y la superación, por un lado; y por otro, la diversión, el entretenimiento y el mantenimiento físico.

Por parte de los autores, se consideran los siguientes: el agonístico, el lúdico, el hedonístico y el higiénico.

En cuanto al valor agonístico, hay que decir que tradicionalmente ha dado lugar a mal interpretaciones y de no tener mucho cuidado en su utilización es muy fácil tergiversar cuál es, o debe ser, el verdadero sentido en el que se debe entender y utilizar.

Hoy en día, es uno de los aspectos centrales en torno a la discusión sobre si se considera factible introducir el deporte en la escuela o no, ya que se entiende que este valor promueve una apología por "aplastar" al contrario, y desvirtúa otros como la solidaridad, el compañerismo, la ayuda mutua, el altruismo, etc.

En parte es verdad porque en el deporte actual lo que importa es el resultado inmediato (los números) o el final (utilidades o bienes productivos), "en cualquier caso, la persona, productora de estos bienes, pasa desapercibida" (Seirul.lo, 1995:62). “Y ello debido a que el deporte que nos llega a nosotros desde pequeño (por los medios de comunicación, por los entrenadores que tenemos desde los equipos de las categorías bases, etc.) está explotado por una serie de intereses económicos que hacen que se pierda el disfrute por el mero hecho de participar”.  (Trepat, 1995:96).

No cabe la menor duda de que se practica deporte por su valor competitivo; es precisamente su comportamiento agonístico lo que nos atrae del mismo (véase, por ejemplo, la diferencia entre los partidos amistosos y los campeonatos). No obstante, "competir es una conducta humana que, por sí misma, no debe ser considerada como buena o mala, es el uso y orientación de la misma, la que le puede dar uno u otro carácter".  (Hernández, 1989:79) lo que implica que es totalmente apropiado enseñar a competir; siempre como un medio para conseguir autosuperarnos, de mejora con respecto a nosotros mismos y nunca violando los derechos de los demás en beneficio propio.

Siguiendo la "teoría del flujo" de Csikszentmihalyi (1997) lo que se propone es un disfrute organizado de la competición, la búsqueda de la motivación intrínseca a la propia actividad; en palabras del propio autor: "la competición mejora la experiencia únicamente mientras la atención está enfocada primariamente sobre la actividad en sí misma. Si las metas extrínsecas -tales como vencer al adversario, querer impresionar al auditorio o pretender un buen contrato profesional- son lo que a uno le preocupa, entonces es probable que la competición se convierta en una distracción, en lugar de ser un incentivo para enfocar la conciencia sobre lo que sucede" (íbid.:117). Valga, por ejemplo, esa acerba filosofía: "al enemigo ni agua". ¿Qué sentido tiene para nosotros, desde la pedagogía y el deporte escolar, esto?

“En definitiva, de lo que se trata es de devaluar el concepto de competición entendido éste únicamente en el ámbito selectivo. Reconocer que el conflicto de la competición debe estar orientada a superar un objetivo y no a los antagonistas”. (Nisbet cit. por Blanchard y Cheska, 1986:39). Atenuar esta concepción es un labor difícil, sobre todo teniendo en cuenta que la escuela no es un lugar aislado de todo contexto, no es una "burbuja de aire" inmune a las influencias de la sociedad; está la familia, los amigos del barrio, los medios de comunicación, otras culturas, etc.

Pero aun así se hace apología por una concepción donde el típico tópico de "lo importante es participar" deje, de una vez por todas, de ser utópico para convertirse en alcanzable. Y no sólo esto, Cagigal (1979:46) alude a la supercompetitividad que existe en el deporte diciendo que hay que reorientarlo de manera que se considere como "una actividad, donde, sencillamente, puede el hombre recuperar su naturalidad, relacionarse con los demás sin estereotipos preconcebidos, medir su potencia e impotencia; donde, además, adquiere algún aprendizaje al autodominio, a la maduración, valoración y control del entorno, a la derrota...".

El otro valor que se reconoce es el lúdico. Tradicionalmente, lo lúdico se ha asociado al juego, y de hecho, cuando se consulta cualquier obra que haga referencia a la práctica de la actividad física, se observa como para situar el valor lúdico continuamente se hace alusión al juego. Este ha sido el agravante de que el deporte siempre se haya considerado desde una perspectiva principalmente agonística, desvalorizando de él su componente lúdico, que dicho sea de paso es uno de los principales motivos que nos impulsa a practicar deporte.

Sin embargo, es gracias a este valor lúdico lo que sirve de balanza al agón del deporte. Gracias a saber de la intrascendencia de lo deportivo, de no ser más que una práctica motriz (en los casos que nos ocupa) podemos hacer lo que queremos; de no ser así, tendríamos constantemente sobre nosotros una buena dosis de tensión y carga que supondría para la mayor parte nosotros más que una actividad catártica una actividad para estresarnos. Es este valor ludus el contrapunto a competir y a ganar del agón.

SE hace deporte por el mero hecho de pasar el tiempo divirtiéndose, no sólo por el inefable tener que ganar a toda costa. "No se trata de ganar, se trata de pasarlo bien de una forma más o menos organizada" (Seirul.lo, 1995:66). Nosotros añadiríamos, siguiendo a Trepat (1995:97), que el juego y el deporte deberían incluir objetivos curriculares en el ámbito afectivo, para que los alumnos se conozcan entre sí e interactúen constructivamente, no una guerra que a ninguno de nuestros alumnos interesa.

Paradójicamente a lo que pueda pensarse, la combinación de lo lúdico con lo agonístico no es no factible. A pesar de ser uno la antítesis del otro, se necesitan los dos, el uno del otro, y no es excluyente el inculcarlo aun en el deporte profesional. Ya Gösta Olander, uno de los fundadores del fartlek de la escuela sueca, en 1930 "inculcaba a sus atletas la alegría en la actividad, sentirla como un verdadero pasatiempo" (Mora, 1985:24). Esto no apoya más en lo que se viene proclamando desde más arriba: que lo importante es participar. Precisamente por ese componente lúdico, entre otros obviamente, pero sobre todo por ese.

Según el currículo (B.O.C,1993:1920) el valor lúdico de la actividad física es un inestimable recurso para favorecer los aprendizajes de los alumnos. Es, gracias a este cambio en la ideología educativa, como se ha transformado lo que antes era una preocupación por informar en lo que ahora se ha dado en llamar preocupación por formar.

Ya, por fin, se tiene en cuenta a ese gran ser humano, tan olvidado del proceso educativo a lo largo de toda la historia, llamado discente. Reconocemos cuáles son sus intereses, sus expectativas, sus motivaciones, sus experiencias,... en fin, lo "reconocemos" (en todo el sentido de la palabra) y esto es un adelanto para la práctica de la actividad física y el deporte (y en general para toda la educación), puesto que es gracias a este valor, en el cual los niños se divierten, como además aprenden. Se trata en definitiva de aprender a jugar y de aprender jugando.

Al fin y al cabo, el comportamiento lúdico es uno de los primeros que se empieza a manifestar en el hombre desde su infancia (y por tanto uno de los más puros; la competitividad se empieza a desarrollar mucho después), por eso es importante potenciar todas aquellas actividades que tiendan a su conservación y explotación.
El valor higiénico es considerado también por nosotros como intrínseco a la práctica de la actividad deportiva.

De la lectura de varios autores (Mora, 1985; González, 1993; Corpas, Toro y Zarco, 1991; Blanchard y Cheska, 1986) se desprende como, a lo largo de la historia, el hombre siempre, o casi siempre, ha destacado el valor higiénico que tiene la práctica deportiva. Por ejemplo, y según Mora (1985), en China, ya desde el año 2000 a.C., en la dinastía Chow la actividad física era reconocida su propiedad higiénica.

En Grecia, Aristóteles decía que la gimnasia debe investigar qué ejercicios son más útiles al cuerpo y cuál es el mejor para ellos. Los humanistas demuestran la relevancia que le otorgan a la salud cuando reconocen la importancia del movimiento como uno de los mejores elementos para satisfacer las necesidades intrínsecas del ser humano.

En definitiva, el objetivo que nos proponemos es que ese valor higiénico que desde los comienzos de la humanidad ha estado presente en la actividad física, y que tan atenuado se encuentra hoy en esta sociedad imperada por una serie de valores que tienen más en cuenta la superficialidad que la profundidad a la propia persona, lo extrínseco eclipsa a lo intrínseco, se soslayan mucho aspectos que, al fin y al cabo, son los que nos definen como seres humanos, sea aceptado como una parte importante a tener en cuenta en la educación. Como bien dijo Pérez Galdós, es verdad que en estos tiempos de podredumbre se consideran como virtudes aquellos que son deberes de los más elementales.

El último valor al que se hace referencia en este apartado es el hedonístico (siguiendo la terminología de Seirul.lo, 1995). Este hace referencia al estado que experimenta el sujeto que realiza la actividad. Ya Aristóteles consideraba como uno de los principios de la actividad física la enexia (o bienestar deportivo) donde el placer de su realización está presente en toda acción. Se practica un deporte por el mero hecho del placer que se siente cuando se está realizando.

Es ese estado catártico en el que se sienten inmersos cuando se hace deporte el origen de que en muchos casos se decida por uno u otro deporte.

En la vida adulta, el componente hedonístico del deporte tiene un contexto de ocio. Se utiliza el deporte como contrapunto al trabajo; es en aquel en el que nos liberamos de las tensiones del trabajo diario, lo utilizamos en el tiempo libre como ocio por el simple gusto de olvidarnos de la rutina diaria. Valga, por ejemplo, el típico partido de squash que juegan los "yuppies" para liberar el estrés; o más cercano a nosotros, lo que hoy en día se ha dado en llamar "deportes de alto riesgo" (y no sin razón). ¿Por qué se practica si no es por el placer masoquista de sentir el peligro en el cuerpo?

Respecto a este valor, es relevante rescatar aquí la "teoría del flujo" de Csikszentmihalyi. Al estar de acuerdo con el autor en que la práctica de la actividad física produce flujo, es decir, el estado de bienestar que se siente recorre el cuerpo cuando se realiza una actividad que es grata. La sensación de gratificación intrínseca de hacer algo por el simple placer de hacerlo, sin motivaciones extrínsecas. Hay que aclarar, sin embargo, que no sólo el movimiento produce flujo, es necesario una serie de motivaciones, intereses, un pensamiento, una atención,... ya que el disfrute no depende únicamente de lo que se hace sino de cómo se hace (Csikszentmihalyi, 1997:116).  

1.4. Los valores que el deporte aporta a la sociedad.

Los valores que se pueden considerar que el deporte aporta a la sociedad no sólo son aquellos que siempre se resaltan del mismo: cooperación, ayuda mutua, solidaridad,... éstos son, entre otros, los que podríamos considerar de alguna forma educativos y, por lo tanto, los más interesantes en el ámbito de aplicación. No obstante, más adelante se pasará a comentar aquellos que van mucho más allá del aspecto educativo y traen otra serie de consecuencias sociológicas.

Se sabe que el deporte, desde un punto de vista moral, no es sólo una situación motriz que está regulada por un reglamento y que depende de una institución; es mucho más que eso. Cuando se observa a los deportistas vemos que ahí se está dando algo más que lo meramente físico, fisiológico, motor, e incluso psicológico.

El deporte no implica solamente una serie de participantes, unos contra otros, corriendo detrás de un móvil; esto significaría dar a la espalda a algo tan importante como es la contextualización. Por ejemplo, un partido de fútbol, no puede considerarse como exclusivamente veintidós jugadores y un árbitro, aparte de lo que hay detrás (directivas, federaciones, etc.); en mi opinión, lo que hay destacar y que hasta ahora ha estado relegado a un segundo plano es cómo jugadores que han salidos de chabolas o barrios marginales se han convertido en estrellas (y que esto no significa una legitimación de la igualdad de oportunidades como pudiera interpretarse), o como al final del partido los jugadores se dan la mano, el intercambio de camisetas,... así como criticar y denunciar todos aquellos actos que vayan en contra del espíritu deportivo (fair play).

La enseñanza del deporte no puede estar únicamente influenciada por lo meramente formal, en el sentido de que no sólo basta con enseñar la "forma" de ese deporte. Hay que llegar mucho más lejos, partiendo, eso sí, de lo más cercano al alumno. Antes hablamos de lo educativo del deporte; ahora se habla de lo cultural del mismo.

En la enseñanza se suele caer en el error de descontextualizar los hechos, o por lo menos, de ignorar allí donde suceden. El deporte, como uno de los contenidos que compete enseñar, tampoco está exento de este manejo que con tanta ligereza es utilizado.

La enseñanza del deporte no es únicamente el aprendizaje de las técnicas, tácticas, como ya se dijo; esto sería empobrecer demasiado lo que significa. Se trata, pues, de enseñar los valores culturales que rigen a la actividad deportiva como uno de los elementos más importante para conservar la identidad cultural y el respeto a las demás culturas, como un derecho fundamental de los seres humanos así como un medio para formarnos como personas, entre otros aspectos.

Hay que enseñar los valores que el deporte transmite (siempre desde el relativismo cultural, obviamente no pretendemos caer en el etnocentrismo, considerando la cultura y los valores como únicos y/o válidos) porque son los que verdaderamente van a hacer reflexionar a los niños sobre lo que en realidad significa el deporte y lo que aporta a la sociedad y a ellos mismos.

Hay que llegar mucho más lejos, partiendo, eso sí, de lo más cercano al alumno. Antes se habló de lo educativo del deporte; ahora se trata de lo cultural del mismo.  

CONCLUSIONES

 Se ha intentado recoger en el trabajo aquellos valores que se consideran óptimos para la formación integral del alumno, no ofrecidos como un recetario del que se hace un uso pragmático inmediato sino como una invitación a la reflexión por parte del lector a la crítica de los valores sociales imperantes a nuestra sociedad y tomando como punto de referencia el desarrollo global de los alumnos: formarlos como seres humanos y no como máquinas elaboradoras de movimientos estereotipados o reproducciones sin sentido en donde la espontaneidad, la creatividad, la libre expresión son un tenue reflejo de ese gran valor que es la condición humana. Se es del criterio que se debe "educar en sentido amplio, educar para que los alumnos y alumnas se conviertan en ciudadanos capaces de alcanzar un sentido de realización personal" (Gutiérrez, 1996:39).

En definitiva, el deporte en sí mismo no es ni bueno ni malo, es la sociedad la que le otorga un sentido u otro, dependiendo del nivel de control o mantenimiento de las estructuras que la componen y como lo desea ejercer. De lo que se trata, pues, es de cómo se logre utilizarlo en beneficio de los alumnos, siempre desde la perspectiva educativa. Así, como dice Huxley (cit. por Gutiérrez, 1996: 40), "bien utilizado el deporte puede enseñar resistencia y estimular el juego limpio y el respeto por las normas, un esfuerzo coordinado y la subordinación de los intereses propios a los del grupo; mal utilizado, el deporte puede estimular la vanidad personal, el deseo codicioso de victoria y el odio a los rivales". Se trata, ipso facto, de auspiciar la primera opción, aunque en muchos casos se vaya en contra de lo que se impera.

La educación en los valores en el deporte constituye un tema de gran actualidad y trascendencia en la formación de los profesionales que necesita la sociedad.

Su carácter complejo, multifacético y contradictorio exige del claustro de profesores una especial preparación teórica y metodológica en el campo psicopedagógico para su investigación y en la labor docente-educativa.

Como objeto de investigación está siendo estudiado en las universidades cubanas y extranjeras con la obtención de resultados muy interesantes y promisorios, los cuales deben ser estudiados e introducidos en la práctica educativa con las adecuaciones correspondientes.

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